Cabo, los dos huracanes

La Cara B

Odile entró de lleno en el extremo sur de la península de Baja California la tarde-noche del pasado 14 de septiembre, tal como se venía anunciado en horas previas y como lo habían anticipado incluso dos semanas antes algunos meteorólogos. Después de Norberto, las matemáticas anunciaban grandes probabilidades de la entrada de uno, y fuerte. Para ponernos a prueba a los cabeños, para acabar con la leyenda de las “antenas choyeras desviahuracanes”, para desnudar a un gobernador inepto y frívolo, para exhibir a un presidente municipal bueno para hacer campaña y pésimo para gobernar; pero, sobre todo, para advertirnos que en el crecimiento acelerado que tiene Los Cabos no todo está siendo bueno. Hemos atraído gente trabajadora, en la que me incluyo, y que es la mayoría, pero también hemos atraído a delincuencia. Ese fue el segundo y más fuerte huracán; los ladrones y saqueadores que, como Odile, también vinieron de fuera.

Con advertencias sobradas a la población, que supo con horas de anticipación que tenía que refugiarse, el plan de seguridad funcionó. La gente se resguardó temprano en sus domicilios o en los centros preparados para refugio, de ahí que el saldo de muertos y heridos de gravedad fue prácticamente nulo. Menos de siete fallecidos en un huracán categoría 4 con ráfagas de viento de 260 kilómetros por hora (registradas por la torre del Aeropuerto de Cabo San Lucas, que sobrevivió la tormenta), es un saldo blanco para un estado de más setecientos cincuenta mil habitantes y una población de casi trescientos mil  en Los Cabos, donde, por cierto, hubo menos muertos. En cualquier población, del tamaño de Los Cabos de la parte del sur de nuestro país, hoy estaríamos contando los muertos por cientos. Contra todo lo que se diga, la prevención para resguardar personas funcionó. Los daños causados por el huracán fueron, en su totalidad, previsibles y, en cierta forma, insalvables. Se puede construir para soportar rachas de viento superiores a los 250 kilómetros por hora, junto a cortinas de agua que azotan con la misma fuerza, pero pocos pueden pagar esas construcciones (¿a cómo saldrían de costo?). Aunque parezca paradójico sale más económico, si tienes garantizadas las vidas humanas, reconstruir los daños de un hermoso hotel de arquitectura abierta, con grandes ventanales, que construir bunkers. Era de esperar que se destrozaran estructuras e infraestructuras, como realmente ocurrió; eso es dinero que sin duda fluirá, y abundante, de los bolsillos de las aseguradoras, de los inversionistas y sus ganancias, del Gobierno Federal. La imprevisión fue para el segundo huracán.

Los Cabos ha recibido en los últimos 20 años  casi un cuarto de millón de personas de otros estados; tres de cada cuatro habitantes del municipio hemos llegado desde fuera. Cada nuevo cuarto hotelero construido ha significado un promedio de quince personas que han llegado con él, y en este aluvión ha llegado de todo. Tienen razón, por tanto, los nativistas cuando dicen que la delincuencia llegó de fuera. Obvio; los veinte mil habitantes de San Lucas y los treinta mil de San José que había en 1994 casi se conocían por familias. ¿Quién se hubiera atrevido robarle a la miscelánea de la esquina, al súper de Arámburo? Todos nos conocíamos. El problema es que crecimos a un ritmo demencial, marcado por la especulación turística e inmobiliaria, y para hacerlo así necesitas un aluvión migratorio. Creció el destino a golpes de especulación de tierras que hizo ricos a muchos nativistas (que ahora protestan), a golpe de fraccionadores turísticos coludidos en permisos con la autoridad municipal (ahora también protestan), a golpe de hoteleros que trajeron oleadas de obreros del sur del país, marginando nuestra mano de obra local (ahora también protestan), y de grandes cadenas que se pasaron por el arco del triunfo las ordenanzas, y consiguieron permisos corrompiendo autoridades (ahora también protestan).

El segundo huracán, el fuerte, comenzó la mañana del quince de septiembre, muy temprano. Me tocó verlos en el primer reconocimiento que hice de las calles. No eran el pueblo llano y raso, los despectivamente llamados “chúntaros”. Eran, en general, grupos de jóvenes provistos de camionetas y armados de marros. ¿Placas? Ninguna, la leyenda TAMbien caminamos, o una patriótica bandera de ANAPROMEX. ¿Armados? Salvo marros, no vi ninguna arma. No eran buscadores de agua, de comida; eran buscadores de negocios, de llantas, de pintura, de electrodomésticos; de lana.  Me hace gracia ahora que la gente se haga pendeja preguntándose quiénes son, si estamos en un municipio donde se mueven toneladas de mota, kilos de coca, cristal y otras bellezas, y nadie dice nada. ¿Que quiénes son? ¿A poco nuestros perjudiciales y policías municipales no los conocen uno a uno por nombre y apodo?

No coincido con los planteamientos de Julio Castillo, el prestanombres de Francisco Bulnes y Ernesto Coppel en el Consejo Coordinador de Los Cabos, y que se abroga el derecho a hablar por todos nosotros. A toda costa quieren echarle la culpa de todo a un gobierno perredista. Coincido con Julio en que el gobierno del Tony Agúndez es inepto, igual que lo fue el de su hermano Narciso y el de Luis Armando (los últimos doce años); lo que se le olvida a mi tocayo es que fueron esos gobiernos los que autorizaron los diez mil cuartos en los que se sustenta la riqueza de sus patrones; que fueron ellos mismos los que crearon los Luis Armandos, los Agúndez, etc., para poder burlarse de los ordenamientos de construcción, sobredensificar y construir en lugares a todas luces prohibidos. Mala memoria parece haber. ¿No estaremos recogiendo lo que sembramos? ¿Tony Agúndez, el residente municipal es inepto? Sí rotundo; como decía el padre de un amigo, “ni el habla completa tiene”. ¿Es el principal culpable de lo que ocurrió la mañana del 15 de septiembre? No. El principal culpable es el auto designado ignorante (y lo tengo grabado) que despacha como Gobernador del Estado, el marido de María Helena Hernández, que bota dinero para que su vieja salga en revistas de glamour, pero no es capaz de avecinar las consecuencias del paso de un huracán en su estado ni tomar medidas de previsión. Un cretino que, al reclamo de la ciudadanía por la falta de agua, es capaz de contestar: “no se crean, yo tampoco tengo mucha agua, tengo que compartir una botella con mi esposa”. ¿Tan estúpido fue que no pudo encargarle un galón a un guarura?

Afortunadamente, como no podía ser de otra forma, la Federación nos va a sacar del atolladero, inyectando dinero y cerebro a la reconstrucción, el orden público y a la promoción exterior, pues, Cabo, segundo destino mexicano en turistas y primero como marca a nivel mundial, es demasiado importante como para dejarlo en manos de los incompetentes que nos desgobiernan a nivel municipal y de la chusma que nos saquea a nivel estatal. El gobernador y “La Nena”, tan aficionados a los premios y reconocimientos comprados, deben sentirse felices ahora. En poco tiempo, Marcos Covarrubias Villaseñor recibirá el premio al peor y más dañino gobernador de Baja California Sur. ¡Ah! y al más ignorante (indexado en Google, para que disfrute su premio un largo tiempo).


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